Últimamente me encuentro repitiéndome esta pregunta:
Qué toca sanar hoy?
La veo implícita en cada video que me aparece en redes, en los posteos de bienestar, en los newsletters que me llegan, en los cursos que me sugieren.
Saná tus hormonas.
Saná tu relación con la comida.
Saná tu linaje.
Saná tu abundancia.
Saná tu útero.
Saná tu niña interior.
Saná tu autoestima.
Y si no estás sanando algo... entonces, en qué estás?

No lo digo desde la crítica vacía. Todo lo contrario.
Trabajo acompañando procesos de bienestar y sé cuán transformador puede ser mirar hacia adentro, revisar creencias, conectar con el cuerpo, con la alimentación, con nuestras emociones. No estoy en contra de sanar. Creo en el trabajo personal. Creo en esas pequeñas o grandes acciones que nos acercan a vivir con más conciencia, con más libertad.
Pero también estoy cansada.
Y, sobre todo, estoy confundida.

Porque hay días en los que siento que no sé qué estoy sanando.
Lo hago desde un deseo genuino o desde una exigencia silenciosa? Estoy conectando conmigo o estoy respondiendo a una nueva forma de productividad emocional, que se viste de autocuidado, pero en el fondo me repite la misma frase de siempre:
"Siempre falta algo."

 

Me genera una contradicción enorme. Porque sigo creyendo en el valor de mirar(se), pero no puedo dejar de ver también cómo ese mensaje del "trabajate" se ha convertido en un mandato. Un mercado. Una industria.
Para cada malestar hay una membresía, para cada herida, un curso. Para cada emoción, un programa intensivo de sanación.

Y no es que esté mal ofrecer herramientas —yo misma acompaño personas en procesos personales y alimentarios—. El problema es cuando se instala la idea de que solo podés sanar si pagás algo, si hacés algo específico, si consumís algo externo que alguien más te da, y no desde tu propio ritmo, intuición o historia.

 

Veo propuestas para “sanar la relación con la comida” y me pregunto:
¿realmente creemos que eso sucede en tres módulos o en cinco ejercicios? ¿No será que esa relación se construyó durante años —con mandatos, cultura de dieta, ideal estético, heridas— y que también necesita tiempo, cuidado, contradicciones y retrocesos?

 

Y vuelvo a lo mismo: no es que esas propuestas no sirvan. Pueden dar luz, compañía, herramientas valiosas.
Pero la trampa está en hacernos creer que si no accedemos a eso, entonces estamos haciendo todo mal.
O que existe un momento claro en el que “ya está, sanaste”.

Y en ese camino me pierdo del disfrute, del descanso, de la posibilidad de estar sin pensar que tengo que estar haciendo algo para “mejorarme”. Como si el bienestar se hubiera convertido en una lista de tareas. Y si no tildás ninguna... fracasaste.

A veces me pasa que estoy simplemente tomando mate, sin pensar en nada, y me asalta el pensamiento intrusivo: "Debería estar escribiendo sobre esto. Debería estar haciendo algo útil con lo que siento." Y no. No siempre tengo que hacer algo con lo que siento. A veces, estar es suficiente.

Por eso nace este espacio, esta sección, este lugarcito donde simplemente quiero abrir la pregunta:
¿Qué toca sanar hoy? ¿Y si hoy... no toca nada? ¿Y si hoy el bienestar es dejar de exigirme ser mejor todo el tiempo?

No tengo respuestas cerradas. Solo ganas de compartir lo que me atraviesa.
Porque creo que sanar también puede ser esto: dudar, frenar, enojarse con el sistema, decir basta, hacer nada, tomar distancia, observar sin accionar.

Y en esa pausa... quizás también pase algo.

 

Gracias por leerme!

Con amor Sele.