En los espacios de consulta escucho mucho (por no decir todo el tiempo) y algo que también rebota en mí: la sensación de incoherencia con la forma en que estamos comiendo.

No desde un lugar superficial, sino como si estuviéramos “fallando” en algo esencial.
Como si no pudiéramos sostener lo que “deberíamos” estar haciendo. Y entonces aparece la culpa, la frustración y el juicio.

 

Cuando vamos un poco más abajo de la superficie, lo que encontramos no es un problema real con la comida… sino una idea.

Una imagen mental, cuidadosamente construida por redes sociales, libros de recetas y frases motivacionales, de cómo “debería” verse nuestra alimentación limpia, pura, sin errores con plato perfectamente balanceado y colorido, digno de Pinterest.

 

Pero la realidad no siempre encaja en ese molde.

Y cuando la comparamos con esa versión idealizada, cualquier variación se siente como una falla. Como si estuviéramos en deuda con nosotres mismes

Lo cierto es que ese ideal es rígido, inalcanzable y muchas veces desconectado de nuestras necesidades reales. La alimentación no es estática: se mueve, cambia, se adapta. Nos atraviesan emociones, tiempo, energía, accesibilidad, lo que nos pasa en la vida.

 

Soltar ese ideal no es “dejarse estar”. Es hacer lugar para lo humano, para lo posible.

Es reconocer que lo valioso no está en encajar en una foto perfecta, sino en escuchar lo que realmente necesitamos. A veces eso será un plato colorido y planificado.

 

Otras, algo simple y rápido que nos sostenga en un día difícil. Ambas opciones pueden ser coherentes si están en sintonía con nuestro presente.

 

Y desde ahí, desde esa flexibilidad y autoescucha, podemos volver a elegir… no desde la culpa, sino desde el cuidado.

Gracias por leerme.

Con amor,  Sele.